RELATOS EROTICO Perseguidas en mitad del bosque
Solo escuchaba el silbido del viento entre los árboles mientras atravesaba el bosque a toda velocidad. Escuchaba los pasos tras ella, retumbando en sus oídos como el tambor que anuncia el fin de los días a los desesperados. Solo le quedaba correr y rezar, huir y esperar. Un fin, algo peor ¿qué más daba? Él se acercaba, y desde su agonía conseguía distinguir el olor del metal.
De pronto tropezó. No le dio tiempo a explicarse con qué, simplemente sintió cómo el suelo se iba acercando a su cuerpo precipitadamente, dejando en sus codos el vil recuerdo del error. Cuando consiguió levantar la mirada se topó directamente con aquellos ojos oscuros que la perseguían incluso en sueños. Y su sonrisa... tan cruel, y a la vez tan seductora, que tanto le atraía desde el primer día en que puso su mirada en ella. El hombre se arrodilló junto a los largos tirabuzones castaños de su presa, que reposaban sobre las hojas secas descansando la larguísima carrera al viento, y los cogió entre sus dedos, jugueteando con ellos dulcemente, mientras se atrevió a decir:
- Te dije que era inútil huir.
- ¿Por qué me persigues?
- Eso también te lo dije. te necesito. Eres mía, y no lo sabes. Estás destinada a ser mía. Sueño contigo cada noche desde hace un año. Te necesito, igual que tú me necesitas a mí.
- No me conoces de nada.
- Tú tampoco me conoces y aún así siento el deseo en tus ojos.
Aquellas manos delicadas comenzaron a masajear el cuero cabelludo de la joven, ansiosamente, como quien acaricia unos pechos bonitos a la luz de la luna llena. No había demasiada luna aquella noche solo el reflejo de los fuegos artificiales que subían hasta las estrellas para luego deshacerse en mil pedazos, no sin antes alumbrar los rostros de aquellas dos siluetas tiradas en el bosque. Ella notó cómo el corazón se le aceleraba deliberadamente, sin permiso, hasta que sintió el frío del cuchillo acariciarle el cuero cabelludo. Él no había soltado el arma. Dejó que su cuerpo interpretase aquel escalofrío como le viniese en gana, pues el terror iba haciéndose hueco en ella. Miles de sensaciones contradictorias invadieron su mente. El frío metal, aquellas manos que emanaban calor. Aquellos ojos vacíos y a la vez tan llenos de vida que se clavaban en ella como dagas. Todo se hizo una bola y se metió a presión en su cabeza, y su cuerpo, sin darse cuenta, se relajó cuando los dedos de su persecutor comenzaron a acariciar suavemente sus labios, voluminosos, una manzana a punto de caramelo para cualquier hombre. El dedo pulgar no tuvo que luchar demasiado para introducirse en la boca de ella, quien empezó a mordisquear la yema con timidez.
- Sabía que sentías lo mismo que yo. Sabía que serías mía. Lo supe en cuanto te vi en las fiestas del año pasado.
Él sacó el dedo de aquella boca juguetona para poder, esta vez, besarla con avidez. No parecía resistirse demasiado, sus dientes atacaban con destreza los labios cortados de él, saboreando el beso con su lengua.
De pronto la fuerza de él se hizo hueco en la escena y agarró a la chica por las muñecas, dejándola indefensa ante su cuerpo. No había soltado el cuchillo, que en la palma de la mano derecha dejaba marca en el brazo de la joven, apretando las venas con la dureza del metal. De un empujón la tumbó de nuevo en el suelo, y se quedó mirándola, regocijándose, disfrutando de aquel cuerpo indefenso que estaba a punto de ser suyo para siempre sobre el crujir de las hojas secas. Pero en los ojos azules de aquella mujer no se reflejaba ni el más mínimo signo de terror. Al contrario. El deseo crecía cada vez más en su interior. Y no solo en el de ella. Podía sentir su miembro latir cada vez más fuerte, sintiendo de antemano el placer que le esperaba.
El deseo de sentirla cada vez más cerca se apoderó de él, y como una bestia en celo se sentó sobre sus muslos mientras con el cuchillo desgarraba la parte superior del vestido blanco dejando al descubierto unos pechos firmes y perfectos. Deslizó la cara del metal sobre el cuerpo de la joven, dejando que los escalofríos provocados por la temperatura chocante de la hoja se manifestaran al unísono en su cuerpo.
La joven ardía de placer, y el contraste del frío provocaba un dulce cosquilleo en su interior que retumbaba en lo más bajo de su cuerpo, mientras jadeaba casi silenciosamente en mitad de la oscuridad de la noche. Ya no se escuchaban los gritos de la gente a lo lejos alabando los fuegos artificiales. Las fiestas habían concluído, y solo quedaban ellos dos, solos. La mirada de él se enterneció fugazmente mientras contemplaba y acariciaba sus pechos. Sabía que la deseaba, sabía que ese era solo el principio de una noche que no podría olvidar en lo que le quedaba de vida, y ella pensaba dejar huella en aquel hombre que a penas conocía de vista y que tanto le atraía. Sentía sus manos alrededor de sus senos, amasando con destreza los pezones ya erectos. Le sentía a él, palpitar entre sus muslos, bajo la gruesa capa de los vaqueros.
Él se agachó sobre el maravilloso paisaje que le envolvía en un mundo de deseo y empezó a lamer y a mordisquear con brusquedad los duros pezones. Sintió cómo las manos de ella le rodeaban para quitarle la camiseta y se acordó del cuchillo. Éste descansaba a un lado, observando con un brillo mortal la escena, esperando el momento de actuar.
Lo poco que quedaba del vestido se deslizó suavemente hasta el suelo, dejando al descubierto más carne de la que el joven esperaba... de momento. No pudo evitar sentir una oleada de placer recorrerle todo el cuerpo, pero se retubo en el momento justo en el que el éxtasis iba a apoderarse de él. Recomponiéndose arrancó las braguitas que aún tapaban el sexo de su víctima y oyó cómo el primer grito de placer de ésta desgarraba la noche cuando él empezó a lamer su resbaladizo clítoris. La avidez con que lo hacía arrancaba de los pulmones de ella un resoplo tras otro, dejándola cada vez más cansada, más dócil y manejable. Sí, lo estaba consiguiendo. Era suya, para siempre.
El desconocido lamía con soltura aquel pequeño rincón de placer y ella solo podía pensar en no irse todavía. No, era demasiado pronto. Necesitaba guardar fuerzas para todo. Pensaba devolverle todo aquello en multiplicadas proporciones. Y cuando clavó sus ojos en los de él y descubrió que él esperaba algún gesto más por parte de ella, dos manos se deslizaron hasta la cremayera de los vaqueros, dejando el inmenso y fuerte cuerpo de él al descubierto. El enorme miembro latía contra los muslos de la joven, haciéndose notar gracias al calor que desprendía y la ésta lo agarró con fuerza para sentirlo mejor. Lo frotó contra su vagina para mojarlo más y más y poder así volver loco al hombre sin dejar que la penetrase todavía. Sus ojoz azules aún no se habían apartado de los de él, cuya mirada fría y calculadora dejaba entrever el sufrimiento de aún no poder sentirla totalmente. Se olía en el aire la necesidad de hacerla suya. Se sentía en el ambiente la mezcla de sentimientos que dejaban paso al placer del momento.
Finalmente él no pudo aguantar más y la penetró. Una sacudida de dolor y realización cruzó espontáneamente el cuerpo de la chica. Él, con toda la fuerza de su cuerpo, entraba y salía de ella a su antojo, mientras disfrutaba sintiéndose tan dentro de aquel cuerpo que tanto le había martirizado en sueños noche tras noche desde hacía un año. Por fin había conseguido su propósito, aunque el trabajo aún no estaba acabado. Faltaba poco. Faltaba lo esencial.
La joven se apartó de pronto y se puso de rodillas frente a él. Con destreza consiguió meterse aquella enorme envergadura en la boca y mientras con una mano la acariciaba con la otra se acariciaba a sí misma, introduciéndose los dedos delicadamente, con todo ese cúmulo de sensaciones aporreando su cabeza. Por un momento tanto el tiempo como el espacio habían desaparecido. En su cabeza solo estaba aquel hombre al que le pensaba hacer el amor después de chuparle hasta las ganas de seguir viviendo.
Y en efecto, cuando sintió que él empezaba a flojear le pegó un empujón para hacerle caer de espaldas sobre las hojas y se tumbó encima del musculoso cuerpo. Le cabalgó durante unos segundos que se hicieron eternos hasta que finalmente sintió cómo la ola de placer le invadía los sentidos. No veía nada, solo sentía algo que la inundaba por dentro y un cuerpo estremecido bajo sus muslos. Ambos habían sentido lo mismo en el momento perfecto. Ella se dejó caer sobre él, relajada. Pero en la fuerte mano del hombre ya se cernía el cuchillo.
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El calor de los restos de la fiesta le apretaba el pecho. Una sonrisa gélida invadía un rostro satisfecho. Sus manos, llenas de sangre, sudaban nerviosas. Y la satisfacción invadía sus sentidos, llenando su fría mirada con el reflejo de la joven que le había llenado de placer y a la vez de odio. Y para sí pronunció aquellas míseras palabras:
- Te dije que serías mía para siempre.